Durante siglos, la idea de que humanos y animales comparten comportamientos fundamentales fue vista con escepticismo. Sin embargo, el tiempo y la evidencia científica han ido desmontando esa barrera. Hoy, un nuevo estudio vuelve a poner sobre la mesa una intuición que el propio Charles Darwin ya había planteado: el “gusto por lo bello” no es exclusivo del ser humano, sino un rasgo compartido con otras especies, especialmente cuando se trata de elegir pareja.
Para entender este hallazgo, es necesario remontarse a los años 80, una época clave para la Etología, cuando los científicos comenzaron a analizar con mayor rigor cómo y por qué los animales se comportan de determinadas formas. Fue en ese contexto que investigadores como Michael J. Ryan y A. Stanley Rand, del Instituto Smithsonian de Investigación Tropical, centraron su atención en un pequeño pero fascinante animal: la rana túngara.
Este anfibio, conocido por su característico canto —una especie de “tún-gara, tún-gara”—, se convirtió en la clave para comprender un fenómeno mucho más amplio. Los investigadores observaron que no todos los machos cantaban igual y que aquellos con vocalizaciones más complejas tenían mayor éxito al atraer hembras. En otras palabras, la complejidad acústica parecía ser un factor determinante en la selección de pareja.
Pero el hallazgo no se quedó ahí. Años después, y con la participación de otros investigadores como Samuel Mehr, la pregunta evolucionó: ¿es posible que esta preferencia por la complejidad no sea exclusiva de ciertas especies, sino que también esté presente en los humanos?
La respuesta comenzó a tomar forma a través de un experimento innovador basado en ciencia ciudadana. Utilizando internet, los investigadores diseñaron un juego interactivo en el que miles de personas de todo el mundo escuchaban diferentes sonidos de animales y elegían cuáles les resultaban más atractivos. Cada participante enfrentaba múltiples rondas en las que debía decidir entre un canto simple y uno más complejo.
Los resultados fueron reveladores. Más de 4.000 personas participaron en el estudio y, de manera consistente, mostraron una preferencia por los sonidos más complejos, coincidiendo en muchos casos con las elecciones que hacen las hembras de distintas especies animales. Es decir, lo que resulta atractivo para una rana, un insecto o un ave, también puede serlo para un ser humano.
Este hallazgo no solo valida parcialmente la intuición de Darwin, sino que abre una ventana fascinante hacia nuestra propia naturaleza. La preferencia por sonidos con mayor riqueza acústica —aquellos que incluyen variaciones, trinos o matices— podría estar profundamente arraigada en nuestra evolución. No sería una simple cuestión cultural, sino un reflejo de mecanismos biológicos compartidos.
En el fondo, este tipo de estudios nos obliga a replantear una idea que muchas veces damos por sentada: la separación absoluta entre humanos y animales. Si bien existen diferencias evidentes, también hay similitudes profundas en la forma en que percibimos el mundo, procesamos estímulos y tomamos decisiones, incluso en algo tan personal como la atracción.
Como bien lo insinuó Darwin en su momento, la belleza no es un concepto exclusivamente humano. Es un lenguaje universal que atraviesa especies, una herramienta evolutiva que guía comportamientos y que, en última instancia, contribuye a la supervivencia.
Hoy la ciencia no solo respalda esa intuición, sino que la amplía: no solo compartimos un “gusto por lo bello”, sino también los mecanismos que lo explican. Y eso, lejos de restarnos singularidad, nos conecta de manera más profunda con la vida que nos rodea.
Porque, al final, por más sofisticada que parezca nuestra mente, seguimos siendo parte de una misma historia evolutiva. Una en la que la belleza, el sonido y la atracción juegan un papel mucho más importante de lo que imaginamos.
