¿Su perro parece entender lo que usted dice incluso cuando no se dirige a él? Un nuevo estudio científico sugiere que, en casos excepcionales, esta percepción podría ser real. Una investigación internacional publicada en la revista Science concluyó que algunos perros poseen la capacidad de aprender palabras nuevas únicamente escuchando conversaciones humanas, sin necesidad de órdenes, entrenamiento formal o interacción directa.
El estudio fue liderado por la investigadora Shany Dror, de la Universidad de Medicina Veterinaria de Viena y la Universidad Eötvös Loránd de Hungría, y se centró en un grupo reducido de perros con habilidades cognitivas extraordinarias, a los que los científicos denominaron “aprendices dotados de palabras”. Estos animales no solo reconocen nombres de objetos, sino que logran asociar palabras nuevas con su significado a partir de la observación y la escucha pasiva.
Durante siete años de seguimiento, el equipo de investigadores identificó cerca de 45 perros con esta habilidad poco común. En una fase reciente del experimento, diez perros que ya habían demostrado conocer el nombre de múltiples juguetes fueron expuestos durante apenas ocho minutos a conversaciones humanas en las que se mencionaban nuevos objetos. Sin recibir instrucciones ni estímulos directos, los animales lograron establecer asociaciones entre palabras y objetos con una rapidez que sorprendió incluso a los científicos.
Uno de los hallazgos más llamativos se produjo en condiciones de “escucha pasiva”. En estas pruebas, los dueños hablaban entre sí sin dirigirse al perro, sin mirarlo ni darle señales intencionales. Aun así, siete de los diez perros evaluados lograron identificar correctamente los objetos cuando se les pidió que los buscaran posteriormente, lo que sugiere que el aprendizaje ocurrió de manera espontánea.
Los resultados indican que estos perros no dependen exclusivamente del juego o del entrenamiento tradicional para aprender, sino que también son capaces de interpretar señales sociales y contextuales. Según los investigadores, este tipo de aprendizaje es funcionalmente comparable al de niños humanos entre los 18 meses y los dos años de edad, una etapa en la que los infantes comienzan a adquirir vocabulario simplemente observando y escuchando a los adultos.
Además, la mayoría de los perros evaluados conservó los nombres aprendidos incluso dos semanas después de la exposición inicial, lo que demuestra que no se trató de una asociación momentánea, sino de un aprendizaje estable. Este nivel de retención refuerza la idea de que, al menos en algunos individuos, la memoria verbal canina es más sofisticada de lo que se pensaba.
Si bien muchos de los perros identificados pertenecen a razas tradicionalmente asociadas con altos niveles de inteligencia y trabajo cognitivo, como el border collie, los investigadores también encontraron esta habilidad en perros de otras razas y mestizos. Entre los casos documentados hubo shih tzu, yorkshire terriers y pequineses, lo que sugiere que la capacidad no está limitada a un linaje específico. Algunos dueños relataron episodios cotidianos en los que, tras mencionar palabras como “pizza” o “pelota” en una conversación casual, el perro acudía directamente con el juguete correspondiente.
No obstante, los científicos fueron enfáticos en advertir que se trata de casos excepcionales. Experimentos realizados con perros comunes mostraron que, en general, la mayoría no logra aprender nuevos nombres de objetos únicamente escuchando conversaciones humanas. Por ello, los hallazgos no deben extrapolarse al conjunto de la población canina.
Más allá de lo anecdótico, la investigación aporta información clave sobre el aprendizaje social y los orígenes del lenguaje. Según Dror, estas capacidades cognitivas complejas podrían haber surgido antes del desarrollo del lenguaje humano y haberse fortalecido durante el proceso de domesticación de los perros, favoreciendo a aquellos individuos más atentos y sensibles a la comunicación humana.
El estudio reabre el debate científico sobre la mente animal y plantea nuevas preguntas: ¿por qué solo algunos perros desarrollan esta habilidad?, ¿qué factores genéticos o ambientales influyen?, ¿puede entrenarse o potenciarse esta capacidad? Aunque aún no hay respuestas definitivas, los resultados refuerzan la idea de que la relación entre humanos y perros ha moldeado una comprensión mutua mucho más profunda de lo que tradicionalmente se ha reconocido.
